POR MARIO FERNÁNDEZ SÁNCHEZ / EL PAÍS*

Suelo empezar las charlas preguntado a la audiencia cómo creen que se originó evolutivamente el sistema nervioso y, en consecuencia, el cerebro en la mayoría de las especies animales. Porqué cierto tipo de células, las neuronas, de las que carecen las plantas y las bacterias, se desarrollaron y conectaron entre sí formando un sistema nervioso más o menos complejo, consiguiendo que los delfines se muevan por medio de sonidos, que pueda oler tan efectivamente como un perro o que el mismo pensamiento simbólico humano, cree una poesía.

Como respuesta, les señalo que el sistema nervioso evolucionó para moverse de manera efectiva. Es decir, para desplazar el cuerpo hacia un lugar determinado por dos motivos principales: alejarse de sitios peligrosos o incómodos, para evitar potenciales depredadores o acercarse a lugares agradables principalmente con el propósito de alimentarse o reproducirse.

El movimiento es vida

El sistema nervioso, por tanto, necesita activarse para mover el cuerpo. Es conocido, para el estado físico del organismo, el beneficio que supone el deporte en la mejora del sistema cardiorespiratorio, inmune… Pero también resulta esencial para la salud emocional. Las personas presas, al igual que las niñas y los niños, ven la salida al patio como el mejor momento del día; pueden moverse.

No es casualidad. Si nos fijamos bien, los sentidos tienen como función optimizar estos procesos de alejamiento y acercamiento en el espacio que nos rodea. No es casualidad que los centros neurofisiológicos de cuatro de los cinco sentidos, vista, oído, olfato y gusto se encuentren en la cabeza, muy cerca del cerebro. La información fiel, rápida y efectiva que procede de estos sentidos es primordial para la supervivencia.

Durante esta pandemia hemos padecido una restricción del movimiento importante, al principio drástico y ahora más relajado, pero al fin y al cabo no podemos movernos como queremos y necesitamos. Basta ver las riadas de personas que salieron a la calle a pasear cuando se ha permitido en la desescalada (En España). Para las personas adultas, el confinamiento, es un problema, pero para las niñas y los niños suele ser un drama. El movimiento es vida.

El cierre de las escuelas ha supuesto, según la UNESCO, la reclusión de 1.600 millones de niñas y niños en sus casas afectando a su desarrollo cognitivo y emocional. Dependiendo de su edad afectará a diferentes capacidades cognitivas, pero, en mayor o menor medida, tendrá consecuencias.

Datos de una situación parecida provienen de estudios de cierre de escuelas por la nieve en EE. UU. donde se comprobó que los más afectados eran los más jóvenes con un descenso claro en su rendimiento escolar cuando se reanudaron las clases. Será un ejercicio obligatorio de las autoridades educativas realizar series comparativas del curso anterior, el actual y el próximo para saber realmente la repercusión de la pandemia en el rendimiento escolar.

La importancia de jugar

El cerebro infantil necesita que el cuerpo se mueva para su correcto desarrollo. Por eso les impulsa a jugar desde pequeños, sobre todos juegos donde moverse sea el elemento principal. Los columpios son el mejor ejemplo de cambios de velocidad, dirección y de altura tan necesarios para el sistema vestibular, responsable del equilibrio y de la coordinación. Son un pedazo de la selva donde hemos evolucionado y el cerebro de los niños lo agradece, hemos vivido allí el 99% de la existencia como especie homínida mientras que en las ciudades planas modernas solo el uno por ciento.

El movimiento también es fundamental para el correcto desarrollo del sistema visual, auditivo y táctil. Además del beneficio de la socialización, el compañerismo y el aprendizaje jugando con otros niños. Por ejemplo la empatía, una cualidad a promover siempre en nuestros hijos e hijas, se aprende estando con otros durante el juego.

Cuando estaba escribiendo el libro sobre el cerebro y la felicidad de los niños, encontré mucha bibliografía que relaciona el movimiento y el juego al aire libre para una salud mental adecuada, su relación con el bienestar emocional del niño y su correcto desarrollo. Es un momento intenso de liberación de estrés. Por eso decidí dedicarle un capítulo entero a la importancia del juego en el exterior como la mejor situación para promover la felicidad del niño o niña, su correcto desarrollo cognitivo y psicomotor.

Uso de dispositivos electrónicos

La situación de confinamiento ha provocado una reclusión estricta en casa de los niños donde han visto reducidas sus posibilidades de moverse y de interactuar con otros niños y niñas de manera real. Esta situación se ha traducido en un incremento del estrés, ansiedad y depresión leve en los más pequeños. Sobre todo, aquellos que no tenían hermanos o hermanas con quienes interactuar. Hay datos que muestran que los problemas psicológicos han sido mayores en habitantes urbanos que los de zonas rurales donde las viviendas son más grandes y la naturaleza más próxima.

Por otro lado, es fácil caer en la tentación del uso excesivo de medios electrónicos de entretenimiento, teléfonos, tabletas, consolas etcétera. No son perjudiciales en sí mismos si se alternan con juegos al aire libre y con otros niños y niñas, como he explicado en otros artículos, pero en esta situación es muy fácil caer en su uso excesivo. Los padres estresados por motivos obvios de la situación les dejamos con tal de que estén entretenidos.

El sueño es otro aspecto que puede verse afectado. La ausencia de horario escolar, el aumento del estrés y el poco cansancio físico por la restricción del movimiento pueden desembocar en un horario y cuotas de sueño deficientes. Acostarse o levantarse más tarde de lo habitual o tener largas siestas pueden cambiar la cronobiología que afecta al estado emocional y conductual de la niña o niño cuando está despierto. Establecer una rutina de sueño es importante y restringir el uso de dispositivos electrónicos, sobre todo juegos, en las horas previas al sueño es un buen consejo que seguir.

El estrés de los adultos

Además, el estrés de los padres generado por la novedad, inseguridad y miedo de la situación ha repercutido en su relación con los niños. Las familias pasan más tiempo juntas en las vacaciones en un clima festivo, pero en la pandemia, las familias están juntas, pero sin posibilidad de moverse libremente y en un clima de tensión. Otros problemas observados han sido la distorsión de la realidad, como percibimos el paso del tiempo y alteraciones en los patrones de sueño también en las personas adultas.

Este estrés tiene efectos en todo el organismo a través de la hormona cortisol a diferentes niveles. No solo es esa sensación de miedo continuo e intranquilidad, el sistema inmune y endocrino se ve afectado paradójicamente cuando tanto nos hace falta su correcto funcionamiento.

Afortunadamente el sistema de nervioso infantil es tremendamente plástico y la situación de cuarentena no ha sido muy prolongada, esperemos que la segunda oleada, si la hay, sea más débil. No obstante, tenemos que vigilar los cambios conductuales en nuestros hijos e hijas para ver posibles efectos negativos de la situación y, sobre todo, intentar no crear un clima de tensión, miedo e inseguridad dentro del hogar pues su cerebro es una esponja y son muy sensibles a los cambios en el entorno.

La resiliencia en los niños y las niñas es menor que la nuestra, ellos no son muy buenos en la proyección a medio y largo plazo, viven el día a día y esta situación puede afectarles porque no pueden complacerse proyectando un futuro mejor.

* La versión original de este artículo fue publicada el pasado 16 de junio en el diario El País. El autor, Mario Fernández Sánchez es licenciado en Antropología Cognitiva, Máster en Neurociencia por la Universidad Autónoma de Madrid y Psicobiología Evolutiva y Neurociencia Cognitiva por la Universidad Autónoma de Barcelona. Doctorando en Neurociencia por la Universidad Autónoma de Madrid. Este material se reproduce en este blog estrictamente con fines informativos y si se requiere citar, se pide se haga referencia a la fuente original.

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